doctrina clacsicaEl referendo escocés del 18 de septiembre de 2014 deja muchas lecciones para aprender en el contexto, cada vez más difícil, de las reivindicaciones nacionales en Europa y de sus “naciones sin Estado” como Cataluña o Flandes, por citar tan sólo dos. En efecto, en dicho acto comicial, triunfó por un cincuenta y cinco por ciento la opción negativa a que Escocia se retirase del Reino Unido, mientras que una significativa minoría del cuarenta y cinco por ciento se inclinó por la afirmativa. Esta última alternativa hubiera implicado el fin del Reino Unido, tal como está constitucionalmente configurado desde 1707.

De más está decir que estas elecciones fueron atentamente seguidas por todo el mundo político y económico-financiero. La desaparición de Gran Bretaña como unión no iba a pasar
inadvertida en la escena internacional (Unión Europea, OTAN), ni tampoco, por ejemplo, en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, donde conserva el poder de veto como uno de los cinco miembros permanentes.

El proceso de consulta escocés, a diferencia de las peripecias de su equivalente entre España y Cataluña, fue negociado entre Londres y Edimburgo. Artur Mas y Mariano Rajoy prácticamente no han dialogado, mientras que el “iter” escocés demostró ser mucho más consensuado. Allí se pactó una sola pregunta a ser sometida al electorado: si Escocia debía ser independiente. Éste es un dato que estimamos clave. La disyuntiva que se sometía a votación no ofreció atenuantes, ni matices, como los que podía suministrar un proyecto de segunda pregunta acerca de un grado mayor de autonomía, en vez de la lisa y llana independencia.

De hecho, esta pregunta secundaria lanzada “con copia oculta” al cuerpo electoral escocés fue la que triunfó. Tradicionalmente, Gran Bretaña mostraba la realidad de un régimen político unitario. De modo gradual, y sobre todo a partir de las reformas iniciadas por el gobierno de Tony Blair en 1997, Gran Bretaña comenzó un proceso de mayor descentralización (“devolution”), con emblemáticos poderes legislativos propios tanto en Escocia como en Gales. Los últimos sondeos de opinión comenzaron a evidenciar un alarmante crecimiento del “sí”, lo cual hizo que toda la dirigencia política británica (no sólo el conservadurismo y los demócratas liberales integrantes de la coalición parlamentaria actualmente gobernante, sino el laborismo con enorme incidencia en Escocia) se trasladara al norte a hacer campaña a favor del “no”. Ello vino condimentado con ofrecimientos de mayor descentralización en impuestos y servicios (devolution plus).

El típico pragmatismo de las Islas fue el que primó: se obtuvieron mayores concesiones de Londres. Escocia, por lo demás, quería preservar la Corona (de una familia real que vacaciona en Balmoral), la libra esterlina y la pertenencia a la Unión Europea. Las dos últimas proposiciones eran difíciles de materializar sin un apoyo del resto del Reino Unido la segunda, y de los 28 miembros de la UE, la tercera.

Las preocupaciones del electorado pasaron por cuestiones prácticas y cotidianas, adecuadamente ejemplificadas por las inquietudes de las poblaciones de la región de Scottish Borders, donde algunas personas trabajan en Escocia y viven en Inglaterra, o a la inversa, o van al colegio o a la universidad cuatro kilómetros más al norte o más al sur. El petróleo del Mar del Norte, que era la “carta económica” que tenían los grupos independentistas del Partido Nacionalista Escocés para garantizar la sustentabilidad y viabilidad de una Escocia solitaria, no alcanzaba en plenitud para acallar los temores que infundieron algunas empresas inglesas que amenazaron con reubicarse en Inglaterra si triunfaba finalmente el “sí”.

Debe destacarse, empero, la civilidad con la que se desarrolló todo este fenómeno, que sólo alcanzó mayor temperatura a medida que se acercaba el desenlace y no había un ganador contundente en los sondeos de opinión. Pero en los mítines se veían grupos del “sí” y del “no” conviviendo de manera pacífica, impensable en otras latitudes ante dilemas análogos.

La constitución británica sigue siendo, pues, “implícita”. Ni todo está escrito o codificado, y mucho pasa por los vectores de los usos y costumbres. La praxis constitucional de las Islas sigue siendo muy distinta de la continental, en cuanto no es necesario escribir el último renglón y contemplar hasta el mínimo detalle en regulaciones de denso cariz. Nosotros, hijos del derecho continental romanista, queremos consignar todo, tal vez a sabiendas de la gigantesca brecha que nos suele aquejar entre validez y vigencia. La Unión Europea suele incurrir en estos vicios, y ello hace crecer a los “euroescépticos” en las Islas, como el partido UKIP.

Indudablemente, dos modelos de sociedad se enfrentaban en estas elecciones: Inglaterra más cerca de los Estados Unidos (las guerras de Afganistán e Irak fueron elocuentes ejemplos) y Escocia más sintonizada con las democracias sociales de Escandinavia. Ganó un eclecticismo, porque si bien el Reino Unido no se rompió y logró mantenerse intacto, no será tan monolítico como antes. Escocia reclamará las promesas efectuadas por los líderes británicos, y éstos saben que si no cumplen, volverán a alimentar a los vientos de la independencia, que estuvieron cerca de lograr su objetivo de secesión. Pero el hecho de haber ganado una pregunta que no estaba en el menú, demuestra que la prueba y el error siguen dominando la experiencia política del Reino Unido, más que la literalidad.