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Dar cuenta de la reedición de un trabajo escrito originalmente en 1953, plantea una serie de desafíos específicos. Que ese texto esté centrado en discutir la problemática de la lucha de clases, desde una perspectiva plural, agrega, no solo desafíos, sino también preguntas y algunas respuestas posibles.

Efectivamente: La lucha de clases contemporánea es una versión revisada de la tesis doctoral presentada en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, durante el año 1953, por el doctor Adolfo Atchabahian —quien con ese motivo fuera galardonado con el Premio Facultad referente a ese año—, en una época en que raramente se abordaba el tema con la apertura conceptual a partir de la cual se construyen los ejes de este trabajo.

Dividida en ocho capítulos, un exordio y sus respectivas conclusiones, esta obra —escrita con llamativa claridad—, se halla centrada tanto en el adecuado recorrido histórico sobre la conformación de la lucha de clases, como en la crítica conceptual a los distintos modos de concebirla. Al hacerlo, el autor presta, a su vez, la debida atención, de manera precisa, a sus supuestos epistémicos y a sus consecuencias morales.

Así, la primera parte del texto —de carácter epistemológico— está dedicada al análisis de las concepciones del conocimiento, sostenidas primordialmente por la Escolástica, pero también por la que fuera expresada mediante las primeras formulaciones de la sociología. Allí, el doctor Atchabahian —destacado especialista de la materia tributaria, de actuación nacional e internacional—, con acertado criterio objeta cierta mirada meramente empiriológica, volcada sobre lo social, sostenida a instancias de una pura imitación de la metodología de las ciencias naturales. En esta parte, justamente, las evocaciones de Max Weber, Tristán de Athayde y Max Scheler lo ayudan a argumentar que aquellas perspectivas se limitan a dar cuenta del simple resultado de las motivaciones humanas, y no de aquello que va a más allá de lo visible o mensurable. Concentrarse en lo ontológico de la sociedad no implica, por cierto, hacer a un lado el aspecto empírico: en realidad, se trata de atender al cuerpo, pero también el alma, con inclusión de la causalidad metafísica en la discusión de lo social y en el debate sobre el papel central e impostergable del bien común, en cuya virtud se unen las necesidades de naturaleza espiritual con las de índole intelectual.

Más adelante, el volumen se entrega a realizar un preciso recorrido histórico alrededor de la disolución de la cultura medieval y el surgimiento del capitalismo.

Así, precisamente, argumenta Atchabahian, es a partir de la Revolución Industrial que surge un proletariado sumido en la más profunda miseria, como fenómeno generador de las bases conducentes a la lucha de clases entre la burguesía —formada al amparo del capitalismo— y el propio proletariado. Es de esa manera como, a lo largo del siglo XVIII, surge un predominio del espíritu capitalista, definidamente manifestado en el particularismo, en el lucro indefinido, la desespiritualización, el pragmatismo y el individualismo.

Es de tal modo que tiene lugar el despliegue del liberalismo y la valorización dominante del papel de la competencia —por intermedio de las teorizaciones de figuras como Turgot y Ricardo—, para redundar en un Estado cuyo quehacer se ve limitado a proteger la propiedad privada y la obtención del lucro por parte de los individuos, con el pretexto de tender así hacia la armonía social.

En este contexto, sostiene Atchabahian, la concepción marxista, desplegada alrededor de la lucha de clases, impuso una lectura que, aunque valiosa en ciertos aspectos, resulta meramente materialista. Sostenida en la teoría del reflejo, en la certeza de la próxima declinación del capitalismo y el posterior despliegue de una sociedad sin clases, la doctrina marxista falló además en gran parte de sus predicciones. Más allá de estas cuestiones, importa señalar que el argumento clave de Atchabahian se destaca en objetar el modo en que la lectura marxista implica una excesiva prevalencia de la sociedad sobre el individuo.

Por otra parte, la rígida división de la sociedad en dos clases —con lo cual se resta sutileza al análisis de la realidad—, y el augurio de una pauperización creciente que, en los hechos, no se produjo, se constituyen en otros puntos débiles de la propuesta marxista. Esa propuesta tuvo, por otro lado, un rol que no cabe desconocer en sus objeciones dirigidas al individualismo capitalista.

Las últimas páginas del texto de Atchabahian están dedicadas a exponer una formulación que tiene por eje esencial reivindicar una organicidad de raíz aristotélica, como camino para atender a los reales problemas suscitados por la lucha de clases y la concentración de la riqueza. Pensar a la sociedad en términos de la totalidad que ella comporta, excede la suma de las partes: he ahí un sendero para la restitución del bien común y de los valores que van más allá de lo meramente material.

Tal como señala Atchabahian en uno de los párrafos finales: “La humanidad aspira a que no se repitan los yerros del pasado: si la burguesía fue individualista a ultranza, si el marxismo es comunista a ultranza, la clase gobernante con vocación superior debe hacer todos los esfuerzos que sean menesater para colocarse por encima de esos enfoques mezquinos, y delinear una sociedad de personas humanas, que se desenvuelvan libremente en su seno”, y sin olvidar, por sobre todas las cosas, que los seres humanos están dotados de espíritu, como criaturas racionales y libres, “concebidas a imagen y semejanza de Dios”.

Si dos de las virtudes de La lucha de clases contemporánea —mencionadas más arriba— son la claridad de expresión y el pluralismo conceptual que lo adorna, es necesario agregar, a esta altura de nuestro comentario, dos más: la honestidad y el equilibrio con que son tratados cada uno de los autores citados. Por otra parte —y es aquí donde resulta particularmente interesante la revisión de la obra, a más de sesenta años de su escritura original—, resulta una importante fuente para redescubrir las lecturas que circulaban en la Argentina sobre el tema en ese momento.

Antes de producirse la introducción de tradiciones como el estructuralismo, las lecturas gramscianas, o el posmarxismo de los últimos años, la mirada ortodoxa sobre la lucha de clase era desafiada por una perspectiva humanista de raíz cristiana, enriquecida por la Doctrina Social de la Iglesia, y capaz de pensarse a sí misma, más allá de la esfera religiosa.

Es así como la cuestión se debate aquí a la luz de autores tan disímiles como Maurice Halbwachs, Rodolfo Mondolfo, Joseph A. Schumpeter, Francisco Valsecchi, Werner Sombart, Juan Pichon-Rivière, Alberto Baldrich o Jacques Maritain.

El humanismo, entonces, que en esa década volvía a resultar central, por obra de las circunstancias político-sociales, es el eje que atraviesa la hipótesis clave de este valioso e iluminador volumen.

Cecilia Macón