Título: Tratado de los Tratados Internacionales. Directores: Walter F. Carnota y Patricio Maraniello. Coordinadora: Guillermina Leontina Sosa. Comentario de Travieso, Juan Antonio

Autor: AA. VV.

Cuando uno ingresa en el análisis de esta obra, en primer lugar debe reconocer el esfuerzo que han realizado sus autores, los Dres. Walter F. Carnota y Patricio Maraniello, en sus respectivos caracteres de directores, y la Dra. Guillermina Leontina Sosa, en su carácter de coordinadora, así como todos los distinguidos autores de los comentarios que contiene.
Se trata de un esfuerzo no sólo meritorio, sino también heroico porque, en esta época de sintaxis dudosa y de Twitters, MSM, What App con su minimalismo de redacción, se presenta como si se tratara de un repertorio renacentista elaborado tesonera y largamente por un grupo de monjes de los de “El nombre de la rosa”. Sin embargo, es el caso de los autores que no revisten esa calidad y que se hallan en pleno siglo XXI, elaborando una obra de características inusuales por su extensión y calidad.
Vienen los recuerdos. Así casi medio siglo en ocasión de iniciar nuestro doctorado. Nuestro primer curso fue sobre el derecho de los tratados y nuestro profesor el Dr. Hugo Caminos, un distinguido jurista internacional que en aquella época señalaba que se acababa de firmar la Convención de Viena sobre Derechos de los Tratados. Casi se podía decir que la tinta estaba fresca y, a través de los anuarios de la Comisión de Derecho Internacional, fuimos desentrañando el nuevo mundo del derecho internacional. Fue la misma sensación que tuve cuando se descorrió la pantalla de cine y comenzó a proyectarse la primera película en CinemaScope. Eso es lo que sucedió también con el derecho de los tratados, porque por primera vez veíamos en funcionamiento de manera ordenada, el derecho internación en su integridad.
Luego de esos hechos, que marcaron un sello indeleble en nuestras vidas, la realidad se sucedió de manera vertiginosa. Aquella norma que enuncia que los Estados no pueden alegar su derecho interno para incumplir obligaciones internacionales se nos hizo tan común como el sol que sale todos los días. Lo que parecía difícil, se hizo simple con el andar del tiempo, y día a día el derecho de los tratados fue ganando espacio en la sociedad nacional e internacional: Más especialmente en la última que fue consolidando nuevos criterios y estándares hasta que se concretó la reforma constitucional argentina de 1994.  Con posterioridad quedaron saldados viejos debates del derecho interno versus el derecho internacional, el monismo, el dualismo, etc. Muchas de esas discusiones han quedado en el pasado; y la prueba más concluyente de ello es la obra que comentamos.
Ante cualquier Tratado, el lector se plantea diversas composiciones de lugar. Están aquellas obras como “De los delitos y de las penas” de Cesare Beccaria, que resulta un modelo de síntesis, un minimalismo jurídico nunca superado. Pero una obra no sólo es buena porque sea breve, pues, en muchos casos, la temática exige una composición maximalista: muchos tratados jerarquizados y comentados que por supuesto requieren ser contenidos en un transatlántico y no en un bote. Así es este libro, un trasatlántico jurídico, pero de  esos que no se hunden.
Otra reflexión que merece esta obra surge desde un interrogante: ¿Qué hubiera pasado hacia mediados del siglo pasado con relación a los tratados internacionales? Es probable que los tratados, cientos o miles, pudieran ser contenidos en edificios o bibliotecas. Hoy en día, es imposible pensar en la cantidad aunque, por suerte, contamos con soportes magnéticos que nos permiten comprender su cantidad no en páginas, sino en gigabytes. Es apasionante navegar por Internet y contar no solamente con la información online sobre los tratados internacionales, sino también con varias fotos del momento de la suscripción.
Este tema se vincula con la realidad y dentro de un debate inconcluso en el que esta obra ya resulta ganadora. El hecho es que siempre existe la tentación de recurrir a las instituciones típicas del derecho internacional contemporáneo. Lo que sucede es que, en un mundo informatizado y sometido a los avances de la tecnología, uno se siente impulsado a encarar la solución mediante un clic mágico.
En el derecho de los tratados no existe la posibilidad de esas soluciones instantáneas. Los acuerdos internacionales son el resultado de laboriosas etapas que, además, requieren la intervención de diferentes poderes del Estado. Las relaciones internacionales no funcionan por medio de un play, también mágico, que nos permita instantáneamente poner en marcha lo que más queremos para la comunidad internacional.
El interrogante que se nos presenta es si vamos a recurrir o no a las fuentes tradicionales, como en este caso los tratados internacionales. Hay una fuerte tentación a moverse con más libertad y a asignar a las fuentes una cierta elasticidad que permita que las relaciones internacionales sean más dinámicas, proactivas y no reactivas.
Por eso recordamos que, cuando empezamos a trabajar sobre los tratados internacionales, percibíamos un mundo complejo pero necesariamente sujeto a la regulación internacional por medio de los tratados. Hoy mantenemos esa misma creencia, aunque debemos reconocer que la realidad ha cambiado y nos impone ser pragmáticos y no dogmáticos. Más allá de cierto descreimiento en el que nos encontramos sumergidos, lo verdaderamente cierto es que conservamos la convicción de que el derecho de los tratados es una condición necesaria para el derecho internacional. Lo que queda por develar es si, además de condición necesaria, es condición suficiente.
Esta obra permite concluir que el derecho internacional con relación a los tratados internacionales   tiene las dos condiciones, necesaria y suficiente.